Han pasado algunas semanas desde la esperada entrega de los premios Oscar 2025. Una celebración que ya anticipaba una ceremonia distinta a ediciones anteriores. Comenzando con la polémica que rodeó al elenco de “Emilia Pérez”, dirigida por Jacques Audiard, que comenzó su carrera en festivales siendo la gran favorita con 13 nominaciones y cuyo pronóstico de éxito se desplomó tras una serie de eventos desafortunados. La premiación tomó un rumbo inesperado en el que películas más pequeñas como “Anora”, “Flow” y “I’m Still Here” lograron colarse en las categorías principales, arrebatándole el trono a cintas con producciones más grandes como fue el caso de Disney, empresa que suma 3 años sin poder colocar a sus películas con el premio a Mejor Película de Animación.
Las decisiones de la Academia en esta edición fueron interesantes; destaca el hecho de que producciones pequeñas hayan robado escenario y dejado boquiabierto a más de uno al escucharlas como ganadoras. No es para nada ingenuo intuir que las selecciones de la Academia parecen tener cierto tipo de favoritismo hacia determinadas narrativas y producciones específicas. En la década pasada era un sueño guajiro simplemente sugerir que el monstruo Disney fuera a perder el Oscar ante una producción pequeña proveniente de Letonia; simplemente no había espacio de comparación, o por lo menos eso dejaban claras las decisiones de la Academia al seleccionar a los ganadores. ¿Será acaso que la Academia está pautando un nuevo rumbo para futuras ediciones?
Pareciera que la edición 2025 ha marcado un punto de inflexión. Durante décadas, la estatuilla dorada ha sido sinónimo de reconocimiento a lo más grandilocuente de Hollywood: superproducciones millonarias, estrellas de renombre y narrativas convencionales. Pero este año, la Academia optó por otro camino, premiando proyectos que, en otros tiempos, habrían quedado relegados a un segundo plano. Desde luego, la calidad de un filme no está definida por lo subjetivo de su inversión ni su recibimiento en taquilla; que Disney tenga la capacidad de gastar millones en una película no significa que su producto sea mejor que el de una propuesta que haya costado un tercio de lo que pudiera invertir algún otro gigante de la industria.
Este giro podría no ser un simple accidente. Quizá la Academia finalmente esté mirando con otros ojos a las películas independientes, y estas por fin están encontrando su espacio entre los nominados al codiciado premio. Los ganadores de este año sugieren que la tendencia hacia el cine independiente y más auténtico está cobrando fuerza en la industria.

Anora y Sean Baker: El triunfo del realismo crudo.
“Anora” no figuraba como la gran favorita, pero terminó llevándose cuatro de los premios más importantes de la noche: Mejor Película, Mejor Dirección para Sean Baker, Mejor Actriz para Mikey Madison y Mejor Guion Original. Con esto, Baker se consolidó como una de las voces más auténticas del cine contemporáneo, elevando su modesta producción independiente a una obra clave en la historia de los Oscar.
Baker, conocido por su habilidad para capturar la crudeza de la realidad en películas como “The Florida Project” y “Red Rocket”, demuestra que el cine independiente no solo puede competir en los Oscar, sino redefinir lo que consideramos “el mejor cine”. “Anora” es el reflejo de esa mirada, una historia contada sin adornos, con un estilo casi documental y personajes que parecen sacados de la vida misma. La Academia parece estar reconociendo que el realismo y la autenticidad tienen un valor cinematográfico tan grande como los efectos visuales y las narrativas épicas.

Flow, la animación independiente que desafió a los gigantes.
La categoría de Mejor Película Animada ha estado tradicionalmente dominada por estudios como Disney y Pixar, con excepciones esporádicas como Ghibli o DreamWorks. Pero este año, “Flow” rompió el molde. Dirigida por el cineasta letón Gints Zilbalodis, la película sorprendió al llevarse el premio, superando a gigantes de la industria con una producción de bajo presupuesto y un enfoque radicalmente distinto.
A diferencia de sus competidoras, que cuentan con enormes equipos y recursos multimillonarios, “Flow” fue creada con herramientas accesibles: toda su animación fue realizada en Blender, un software de modelado 3D gratuito. Esta decisión no solo es un logro técnico impresionante, sino que también demuestra cómo la tecnología democratiza la creación cinematográfica. La película, que se narra sin diálogos y con un lenguaje visual minimalista, hipnotizó al público y a la crítica, mostrando que la animación no necesita grandes estudios detrás para contar historias profundas y memorables. Parafraseando a Guillermo del Toro: “La animación no es un género para niños, es un medio para el arte”.

Aún Estoy Aquí: El auge del cine internacional.
El premio a Mejor Película Internacional fue para “Aún estoy aquí”, un drama brasileño dirigido por Walter Salles que aborda la memoria, la identidad y el trauma de la dictadura militar en Brasil. La historia sigue a Eunice Paiva, interpretada por Fernanda Torres, en su lucha por encontrar a su esposo, el exdiputado Rubens Paiva, quien fue detenido y desaparecido por el régimen en 1971. La narrativa explora la desesperación y el vacío que la ausencia de Rubens deja en su familia, especialmente en Eunice, quien enfrenta la incertidumbre y el dolor de no saber el destino de su esposo. Fernanda Torres se encontraba nominada a Mejor Actriz por su interpretación en este filme.
La victoria de “Aún estoy aquí” es significativa no solo para la industria cinematográfica brasileña, sino también para la sociedad en general. Es la primera vez que una producción brasileña gana un Oscar, lo que marca un hito en la historia del cine del país. Además, la película ha reavivado el debate sobre las víctimas de la dictadura y ha respaldado las demandas de justicia y reconocimiento, subrayando la importancia de enfrentar y recordar el pasado para construir un futuro más justo. El cine es un medio que permite dar voz y la acerca a la audiencia buscando un impacto en el mundo real. La Academia es una institución que, para bien o para mal, tiene en sus manos la oportunidad de abrirle la puerta a una audiencia global a premisas como las de “Aún estoy aquí” que desafortunadamente pasan desapercibidas. He ahí la relevancia de que se le haya otorgado una voz que permita expandir su mensaje a personas que de otra forma no tendrían manera de recibirlo.

Documentales: Historias reales que impactan.
El ganador a Mejor Documental fue “No Other Land”, dirigido por Basel Adra, Yuval Abraham, Rachel Szor y Hamdan Ballal. La película documenta la destrucción y el desplazamiento forzado en Cisjordania entre 2019 y 2023, ofreciendo una mirada sin filtros a la violencia sistemática y las luchas de las comunidades palestinas.
La victoria de “No Other Land” es significativa no solo para la industria del cine, sino también para la sociedad en general. En un mundo donde los conflictos son presentados desde ángulos sesgados, este documental da voz a aquellos que rara vez son escuchados. Además, su realización conjunta entre cineastas palestinos e israelíes envía un mensaje poderoso sobre la posibilidad de cooperación y diálogo, incluso en contextos de guerra. Al premiar esta obra, la Academia parece reconocer que el cine documental no solo debe informar, sino también incomodar y generar reflexión, tanto para la audiencia como para la institución que les otorga tan prestigiosos reconocimientos. Es importante recalcar que sorprende el hecho de que esta cinta haya sido escogida como ganadora, ya que en ediciones pasadas era ligeramente notorio la decisión de la Academia por no relacionarse con temas tan complejos como la crisis en Palestina. Sin duda, una muestra de que cuando quiere, también puede ser una buena herramienta de difusión para las causas sociales que más lo ameritan sin miedo a las repercusiones en el rating del programa.

El fracaso de Emilia Pérez.
A pesar de haber arrancado su carrera como la favorita en festivales y siendo una de las más nominadas en los Oscar, la película terminó llevándose solo dos premios menores. Su caída estuvo marcada por polémica tras polémica. Desde las declaraciones de su director, Jacques Audiard, que fueron ampliamente criticadas y señaladas como xenófobas por la comunidad latinoamericana, en especial por los mexicanos, puesto que se señalaba que la película minimizaba la representación del país tocando temas controvertidos como el narcotráfico y la inseguridad. Y no olvidemos las controvertidas acciones de Karla Sofía Gascón durante la promoción del filme, quien se metió en serios problemas después de que usuarios rescataran tuits antiguos donde ella hacía comentarios discriminatorios y misóginos. Todo esto generó un rechazo significativo, especialmente entre el público mexicano, que vio la película como una apropiación superficial de su cultura.
La caída ocasionada por sus mismos integrantes y realizadores fue un espectáculo teatral digno de Broadway. Sofía Gascón arremetía contra cualquiera que opinara cosas negativas contra el filme y Audiard no hacía más que alimentar el enojo de los mexicanos al responder en entrevistas cosas como: “No necesité estudiar México para la película, ya sé lo suficiente”, “El español es un idioma de marginados, de inmigrantes…”. Recordemos que la película no cuenta con una sola interpretación mexicana en su repertorio, razón por la que fue tan criticada la interpretación de Selena Gómez, quien tiene diálogos en español con una pronunciación que dejó mucho que desear y fue motivo de burlas y críticas en la comunidad hispanohablante. El enojo de los mexicanos fue tanto que creadores independientes realizaron una película a manera de sátira llamada “Johanne Sacreblu”, película que llamó la atención internacional al utilizar estereotipos marcados de la cultura francesa al punto de abordar lo ofensivo, con el objetivo de demostrar que eso era precisamente lo que “Emilia Pérez” había hecho con la cultura mexicana.
La cereza sobre el pastel fue que después de que Zoe Saldaña recibió el premio a Mejor Actriz de Reparto, en una entrevista ofreció disculpas a los mexicanos que se sintieron ofendidos pero recalcó que no estaba de acuerdo, ya que según ella, la película no era sobre México, sino sobre tres mujeres. Fue una lástima que esperara a recibir el premio para hacernos saber lo que realmente piensa.
Si hay alguna lección que aprender de la tormenta que envolvió a “Emilia Pérez”, es que lo que digas fuera importa tanto como lo que digas dentro de la película. Y lo más importante, pareciera ser que a la Academia le importa también. Sería sensato pensar que ahora las productoras le dediquen más empeño a cuidar la imagen de sus trabajadores mientras estén en temporada de premios si no quieren vivir lo sucedido con “Emilia Pérez” y tal vez, para variar, prohibirles usar Twitter mientras llegan al final de la campaña.
Un cambio que podría redefinir el futuro de La Academia.
El caso de “Emilia Pérez” y el ascenso de películas como “Anora” o “Flow” reflejan una nueva dinámica en los Oscar: las expectativas y la maquinaria publicitaria ya no garantizan la victoria. Factores como la autenticidad, la percepción del público y los debates sociopolíticos parecen pesar más que nunca en la decisión de los votantes.
Aun así, la Academia sigue mostrando favoritismos. Históricamente, ha premiado ciertos tipos de cine y narrativas específicas, dejando fuera propuestas más innovadoras o disruptivas. Pero lo sucedido en los Oscar 2025 deja la puerta abierta a una posibilidad: ¿Es este el inicio de una transformación real en los premios, o simplemente una respuesta momentánea a las exigencias del público actual?
El cine sigue evolucionando, y con él, sus premiaciones. Quizá estemos viendo el inicio de un cambio genuino en la forma en que se reconoce “lo mejor” del séptimo arte. Veremos cómo viene la carrera por el galardonado premio el año que viene; mientras tanto, disfrutemos del cine que viene.