Wildwood es la sexta película en stop motion de Laika, dirigida por Travis Knight a partir de la novela de Colin Meloy, ilustrada por Carson Ellis, con guion de Chris Butler. La vi en el Festival Internacional de Cine de Morelia y llega a las salas mexicanas el 29 de octubre. Sigue a Prue, una niña que cruza el bosque prohibido a las afueras de Portland para rescatar a su hermano bebé, y a Curtis, el compañero de escuela que la acompaña, con las voces de Peyton Elizabeth Lee y Jacob Tremblay. El estudio anunció la adaptación en 2011, semanas después de que saliera el libro, y empezó a filmarla en silencio en 2021; quince años después del anuncio, la espera se nota en la escala de lo que aparece en pantalla.
Es una de las mejores películas animadas que he visto y tiene con qué entrar en la conversación sobre las mejores de su género, aunque su historia es mucho menos ambiciosa que su técnica. Terminé la función encantado, con el pulso acelerado después de un tercer acto que me dejó al borde del asiento. La recepción numérica va por el mismo lado: al momento de escribir esto, la película acumula 100% de reseñas positivas en Rotten Tomatoes y 87 sobre 100 en Metacritic. Mi única reserva está en la narrativa, y pesa lo suficiente como para explicar por qué hablo de una gran película y no de una película perfecta.
UNA PUESTA EN ESCENA QUE POR MOMENTOS PARECE 3D
Lo primero que sorprende es la escala de producción. Hay secuencias de acción tan complejas que más de una vez tuve la sensación de estar viendo una producción de animación 3D tradicional. Esa impresión tiene una base real: Laika combina figuras animadas cuadro por cuadro, miniaturas, efectos prácticos y efectos digitales, y aquí los integra con una escala que el estudio no había intentado antes. Es además la película de stop motion más larga que se ha hecho hasta ahora, y esa duración no se siente como relleno, porque casi cada secuencia tiene algo visual que mostrar.
Lo que más me llamó la atención, y que rara vez se ve en animación, es el lenguaje de cámara. Hay dollies, acercamientos y encuadres dinámicos, y la forma de colocar a los personajes dentro del cuadro se parece más a la de una superproducción de Hollywood de gran presupuesto que a la de una película animada convencional. Que la fotografía esté a cargo de Caleb Deschanel, seis veces nominado al Oscar y sin experiencia previa en stop motion, ayuda a entender de dónde sale esa mirada. La cámara no se limita a registrar la animación: la empuja, y eso eleva tanto el espectáculo como la historia que se cuenta encima.

UNA PELEA FINAL QUE POCAS ANIMACIONES IGUALAN
La secuencia de la lucha final es el punto más alto de la película. Es una escena enorme, con muchos elementos ocurriendo al mismo tiempo, y aun así fluye de una manera extraordinaria. Me parece una de las mejores escenas de acción que ha dado la animación, y un hito para Laika y para todos los animadores que participaron en ella. Cada segundo de esa secuencia depende de figuras físicas movidas a mano frente a la cámara y apoyadas por efectos digitales, y verlo funcionar con esa fluidez dice mucho del nivel al que llegó el estudio.
Durante ese tercer acto mi ritmo cardíaco estaba al máximo, algo que muy pocas películas logran y todavía menos en animación. Lo que hace que la escena funcione es que no se siente como un lucimiento aislado: cada elemento visual en pantalla fluye en conjunto con la historia y la empuja, en lugar de interrumpirla para presumir técnica.
UNA HISTORIA FLUIDA, PERO SIN PROFUNDIDAD
Los dos personajes principales tienen un desarrollo natural a lo largo de los tres actos. Su transformación se ve y se siente genuina, y es fácil empatizar con ellos por la tragedia que atraviesan. El segundo y el tercer acto avanzan sin complicaciones y con buen pulso, y la película nunca pierde a quien la está viendo.
El problema es que la fluidez no se convierte en profundidad. La historia empieza, se desarrolla y termina de una manera bastante tradicional: no ofrece nada nuevo y no hay giros de trama realmente inesperados. Sé que esto parte de una novela, la primera de una trilogía, y que detrás hay un universo completo, pero la película casi no lo explora. Lo presenta a grandes rasgos y se concentra en lo que los protagonistas tienen que lograr y en cómo vencer a los antagonistas. La mayoría de los personajes con más impacto en pantalla tampoco muestran la profundidad de sus acciones; a veces parece que actúan porque la trama lo necesita, sin una lógica ni un respaldo detrás. Me quedé con ganas de saber más de ese mundo, y eso, para una película de más de dos horas, es una oportunidad que se dejó pasar.
Mi lectura es que la técnica recibió casi toda la atención. La parte visual y de producción roza lo imposible, pero la narrativa se siente fluida sin sentirse profunda: no hay nada a lo que uno pueda rascarle para llevarse algo más al salir de la sala.

UNA VIOLENCIA QUE NO SE ESPERA EN ANIMACIÓN
Wildwood es más violenta de lo que suele verse en una película animada de este tipo. Los villanos matan y ejercen la violencia como ocurriría en el mundo real, y esas escenas están animadas con el mismo detalle que el resto de la película. A mí me gustó que se atreviera: le da peso a un mundo de fantasía que no es todo dulzura, donde el peligro es creíble y el conflicto tiene consecuencias.
Por lo mismo, no sé si sea una película para llevar a niños pequeños. Hay escenas muy crudas para una animación, sobre todo en la batalla final, y pueden resultar perturbadoras para esa edad. Me sorprendió la cantidad de violencia que tiene. No lo digo como queja, pero sí como algo a tomar en cuenta antes de decidir con quién verla.
Lo que logra Wildwood en cámara, en escala y en una secuencia final que me dejó sin aliento justifica verla en pantalla grande, y justifica el tiempo que le tomó a Laika estar lista para hacerla. Lo que dejó en la mesa es la profundidad: un universo con muchísimo por explorar, antagonistas sin respaldo y una trama que cumple sin sorprender. Esa deuda narrativa no me quita lo que sí me dio, que fue una de las experiencias de animación más intensas que he tenido en una sala.
Voy a volver a verla más de una vez, y creo que vale la pena que todos vayan a verla, incluso quienes no suelen buscar animación. Es un buen momento para darle espacio a una técnica artesanal en pantalla grande; en México ya tuvimos hace poco Soy Frankelda, el primer largometraje mexicano en stop motion, y Wildwood demuestra hasta dónde puede llegar esa misma técnica.