Digger llegó a las salas como una de las apuestas grandes del otoño. Alejandro G. Iñárritu dirige y coescribe una comedia negra en la que Tom Cruise, que además la produce, interpreta a un magnate petrolero cuya perforación detona un desastre ecológico, con Sandra Hüller, Riz Ahmed, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg y John Goodman entre los nombres del reparto. Se estrenó en México el 1 de octubre y en Estados Unidos al día siguiente, de la mano de Warner Bros., en el que fue el último lanzamiento del estudio antes de su adquisición por Paramount Skydance. Lo que vino después fue catastrófico: reseñas divididas, una taquilla que nunca despegó y una conversación alrededor de la película que me parece más escandalosa que justa.
Mi postura es sencilla: la película no es el esperpento que se ha querido pintar, y buena parte de la reacción tiene más que ver con lo incómodo de lo que dice que con lo que le falla. No es una obra redonda ni una idea completamente inédita, y no voy a fingir lo contrario. Pero es una sátira con puntería y con una ambición poco común, y creo que merecía una discusión más honesta que la etiqueta de “fracaso” con la que se la despachó.
UN FRACASO EN TAQUILLA NO ES LO MISMO QUE UNA MALA PELÍCULA
Los números comerciales son duros y no tiene caso maquillarlos. En su debut en Estados Unidos y Canadá la película sumó 8 millones de dólares, apenas para ocupar el quinto lugar, y 20 millones sumando el resto del mundo. Al 11 de octubre acumulaba 35.3 millones frente a un presupuesto que el estudio sostiene en 125 millones y que otros reportes elevan hasta 180, con un punto de equilibrio calculado entre 300 y 350 millones. Es, además, el peor arranque de Tom Cruise en Estados Unidos desde Lions for Lambs, en 2007. Tras las primeras reseñas, el estudio incluso cambió la campaña para enfrentar de lleno la mala recepción, una táctica que ya habíamos visto con Megalopolis.
Aun así, la taquilla mide muchas cosas antes que la calidad: qué tan claro fue el mercadeo, qué tan dispuesto estaba el público a ver a una estrella de acción en una sátira de autor y cuánta gente quería pagar un boleto para escuchar algo incómodo. La campaña, de hecho, fue deliberadamente críptica, algo que Iñárritu planeó desde el principio para sorprender al espectador. Las cifras de recepción cuentan una historia más matizada que la del desastre: 53% de aprobación en Rotten Tomatoes sobre más de 300 reseñas y 46 de 100 en Metacritic son los números de una película dividida, no de una película rechazada por unanimidad. Lo que sí resulta contundente es el rechazo del público estadounidense, que le dio una calificación C+ en CinemaScore, y solo 47% de los encuestados por PostTrak dijo que la recomendaría sin dudar. Lo curioso es que esa película apunta justamente a la sociedad estadounidense, a sus líderes y a su relación con el petróleo, y es ahí donde peor le fue. Me cuesta pensar que sea una coincidencia.

UNA SÁTIRA QUE SABE DE QUÉ SE RÍE
Lo mejor de Digger es hacia dónde dirige la burla. El filme pone en el centro a un empresario que se cuida las espaldas con el poder político, a gobernantes que prefieren controlar la información antes que enfrentar el problema y a una sociedad que critica el sistema mientras vive cómodamente dentro de él. Me parece que la sátira acierta con mucha puntería en lo que señala y que lo hace sin repartir culpas en una sola dirección: el propio Iñárritu ha dicho que no le interesa reducirla a un asunto de izquierda o derecha, sino hablar de una locura de la que todos formamos parte. Esa intención es, para mí, lo que la vuelve incómoda para cierto tipo de espectador, que busca un villano al que señalar y se encuentra con un espejo.
Hay que ser honestos con lo que la película no es: ni el formato ni el mensaje son nuevos. La comparación con Don’t Look Up es inevitable y, de hecho, Netflix descartó este proyecto, que Iñárritu desarrollaba con Leonardo DiCaprio en pláticas para protagonizarlo, justamente por parecerse demasiado a esa película. Pero exigirle novedad absoluta a una sátira es un argumento cómodo, porque permite no hablar de lo que está diciendo. Una idea puede no ser inédita y seguir siendo necesaria, sobre todo cuando se defiende con una apuesta formal tan arriesgada: se filmó en 35 mm con cámaras VistaVision y con la fotografía de Emmanuel Lubezki, y Cruise se sometió a una transformación física a base de prótesis que pocas estrellas de su tamaño aceptarían en un proyecto de este tipo.
UN MENSAJE QUE LA REALIDAD SE ENCARGÓ DE ACERCAR
Lo que más me llama la atención es el tiempo. Iñárritu concibió la idea después de The Revenant, hace casi una década, la desarrolló primero en Netflix y ya platicaba el proyecto con Cruise en 2019, durante el rodaje de Top Gun: Maverick. El guion quedó listo en 2023 y el rodaje duró seis meses en el Reino Unido, de noviembre de 2024 a los primeros días de mayo de 2025. Es decir, años de trabajo y cerca de 70 versiones del monólogo central de Cruise, que el director considera la columna vertebral del filme. Un mensaje escrito con tanta anticipación debería haber llegado a las salas sintiéndose viejo. Mi impresión es la contraria: lo que se escribió hace años está hoy más cerca de la realidad que cuando se concibió, y eso cambia el peso de cada chiste.
Quizá por eso incomoda tanto. Sus toques cómicos no se sienten como una exageración lejana, sino como un reflejo muy reconocible de la forma en que los líderes políticos y las figuras de autoridad manejan las crisis. La comedia funciona como un espejo, y los espejos rara vez le gustan a quien se ve en ellos. Una película que se ríe del poder y de nuestra complicidad con él no necesita ser sutil para ser eficaz, y creo que ahí está la clave de por qué la discusión se volvió tan ruidosa.
EL TIEMPO SUELE SER MÁS GENEROSO QUE EL FIN DE SEMANA DE ESTRENO
Guillermo del Toro salió a defender la película en redes sociales, destacando su escala, su ambición y su complejidad cinematográfica, mientras que Alfonso Cuarón publicó reseñas antiguas que destrozaban películas hoy veneradas, un mensaje que leí como un recordatorio de que las lecturas de estreno no siempre resisten el paso de los años. Que dos cineastas de ese calibre, amigos de Iñárritu desde hace décadas, hayan sentido la necesidad de pronunciarse dice mucho de lo polarizante que se volvió la conversación. Reconozco el sesgo: no son voces neutrales. Pero tampoco lo son quienes la despacharon como un fracaso solo por lo que recaudó.
Digger no es una película perfecta, y el propio Iñárritu lo ha reconocido, y ha dicho que le resulta preferible una reacción dividida a una indiferente. Tiene un tamaño y un riesgo poco comunes para un estudio grande y para una estrella como Cruise, y dice cosas que mucha gente no quiere escuchar. La balanza, para mí, se inclina a su favor con un margen cómodo: prefiero una sátira que incomoda y se equivoca a una que no se atreve a decir nada. Si sobrevive o no a su taquilla es otra conversación, pero no me sorprendería que con los años se vea con más cariño del que recibió al estrenarse.