Paper Tiger es un drama policíaco escrito y dirigido por James Gray, protagonizado por Adam Driver, Scarlett Johansson y Miles Teller. Tuvo su estreno mundial en la competencia oficial de Cannes el 16 de mayo, donde recibió una ovación de pie de diez minutos, abrió el Festival de Cine de Nueva York y se proyectó en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM), donde Gray fue invitado especial. La historia ocurre en 1986, en Queens, y sigue a dos hermanos: Irwin (Teller), un ingeniero con una vida de clase media, y Gary (Driver), un expolicía de Nueva York que lo arrastra a un negocio con la mafia rusa. El trato gira en torno a un proyecto en el canal de Gowanus, donde Gary necesita el talento de ingeniero de su hermano, y a partir de ahí las decisiones de ambos empiezan a repercutir en sus vidas y en las de sus familias.
A primera vista parece que será un thriller entretenido y con mucha acción. Pero la película pronto se acomoda en un ritmo sereno, casi contemplativo, y se queda ahí hasta el final. Es una película preciosa de ver y capaz de crear tensión sin mostrar violencia, pero abre más historias de las que alcanza a cerrar, y eso le quita fuerza a su desenlace.
UN NUEVA YORK DE 1986 QUE SE SIENTE REAL
Lo más sólido de Paper Tiger es cómo luce. El Nueva York de los años 80 está reconstruido con carros viejos, ropa, interiores y toda esa estética que a mí me encanta, y lo mejor es que nunca se siente como un disfraz. El diseño de producción, a cargo de Happy Massee, no choca con la historia que se cuenta: los espacios parecen habitados por los personajes y no armados para la cámara. La fotografía de Joaquín Baca-Asay, filmada en 35 mm, suma una textura que le queda muy bien a ese mundo y mantiene un nivel impecable de principio a fin.

Esa calma visual va de la mano con el ritmo. La película se toma su tiempo para presentar a la familia de Irwin, para mostrar cómo el negocio se va complicando y para dejar que las consecuencias se acumulen. No hay prisa, y eso se agradece cuando el drama necesita respirar. El costo es que, aun con una duración de 115 minutos, hay momentos en que se siente más larga de lo que debería.
Las actuaciones sostienen ese ambiente. Miles Teller interpreta a un padre de familia atrapado en una situación que se le escapa de las manos, Adam Driver le da a Gary la seguridad de quien cree tener todo bajo control, y Scarlett Johansson encarna a Hester, la esposa de Irwin, con una presencia que se nota incluso cuando la historia la deja en segundo plano. Los tres están impecables, y esa solidez es lo que mantiene al espectador atrapado en la historia incluso cuando el guion se dispersa.

UN SUSPENSO QUE NO NECESITA MOSTRAR VIOLENCIA
Cuando la película decide generar tensión, lo hace muy bien. Hay una escena en la que la familia del personaje de Miles Teller sufre una invasión en su casa, y sin que veamos armas ni a los delincuentes, el momento se sostiene solo con luz y sombras. Lo disfruté bastante, y me parece una virtud poco común: proyectar peligro sin recurrir a la violencia explícita.
El tercer acto de Adam Driver tiene otro gran momento en un pastizal, una escena de suspenso que me dejó al borde del asiento. Es de las pocas veces en que la película sí muestra violencia directa, pero está justificada, porque es el momento más importante para el personaje. Esa combinación de contención y de un estallido bien colocado es lo que mejor funciona en el filme, y lo que habría querido ver con más frecuencia.

SUBTRAMAS QUE NO LOGRAN ENTRELAZARSE CON LA PRINCIPAL
El problema es que esos momentos bien logrados son pocos. Entre uno y otro, la película se detiene en situaciones y subtramas que no fluyen con la trama principal, y que Gray no logra entrelazar de forma natural con el desenlace. Un ejemplo es un tema importante del personaje de Scarlett Johansson: pasa de lado, sin una repercusión aparente, hasta casi el final. Sumado a otros hilos que quedan sueltos, el resultado es una historia que se siente sin cerrar.
El final es abierto, pero no de los que invitan al espectador a completar lo ocurrido. Aquí más bien hay que adivinar qué pasó y qué puede pasar, porque no se narró lo suficiente de cada parte como para sacar conclusiones. Terminan varias historias al mismo tiempo sin concluir, y se dejan demasiadas cosas abiertas para que el cierre resulte satisfactorio. No es lo mismo un final ambiguo que uno incompleto, y Paper Tiger cae más del segundo lado.
UNA BUENA PELÍCULA DE LA QUE ESPERABA MÁS
Llegué con expectativas altas porque había leído que en Cannes tuvo un gran recibimiento. Los diez minutos de aplausos ya no me parecen un indicador de que una película sea excelsa: el estándar para esas ovaciones ha cambiado de una forma bastante extraña, y Paper Tiger me lo confirmó.

James Gray creció en Queens y ya había trabajado ese rincón de Nueva York en películas como Armageddon Time, además de haber dirigido Little Odessa, Ad Astra y The Lost City of Z. Conociendo esa trayectoria, esperaba una conclusión a la altura de la atmósfera que construyó, y no la tuve. Aun así, la disfruté. El diseño de producción es de lo más notable, la fotografía es impecable, las escenas de suspenso funcionan y las actuaciones de Driver, Johansson y Teller mantienen atrapado al espectador pese a los baches. La recomiendo, pero me quedo con ganas de más, sabiendo lo que puede hacer James Gray y con un reparto de ese nivel. Su problema más grande está en lo narrativo: quiso contar varias historias al mismo tiempo y no logró cerrar un final abierto que no se sintiera a medias. Si quieres seguir con lo que se vio en Morelia, tenemos la reseña de Campeón Gabacho, la película que inauguró el festival, y la cobertura de la clausura del FICM.