Fjord ganó la Palma de Oro en Cannes con una premisa que parece sencilla y no lo es: una familia, un pueblo noruego, cinco hijos y una autoridad que decide intervenir. Dirigida y escrita por Cristian Mungiu, con Sebastian Stan y Renate Reinsve como pareja protagonista, la película es un thriller legal y un drama familiar coproducido por seis países y hablado en inglés, rumano, noruego y sueco. Con ella, Mungiu se convirtió en apenas el décimo director en ganar dos veces el máximo premio de Cannes, después de 4 meses, 3 semanas, 2 días en 2007. Mi lectura es que la película se niega a darle la razón a nadie, y que su valor está justamente en esa incomodidad, aunque ese mismo rasgo explica por qué su premio divide.
UN CASO REAL SIN VILLANOS CÓMODOS
La historia sigue a Mihai Gheorghiu, un rumano interpretado por Stan, y a Lisbet, su esposa noruega a cargo de Reinsve, que se mudan con sus cinco hijos a un pueblo junto a un fiordo. Él encuentra trabajo en el área de informática de la escuela internacional, ella en una residencia de ancianos, y los niños hacen amigos entre los vecinos. El giro llega cuando el servicio de protección infantil, el Barnevernet, interviene y se lleva a los cinco hijos, lo que abre una investigación larga y minuciosa. La película está inspirada, de manera libre, en el caso real de la familia Bodnariu, a quien las autoridades noruegas separaron de sus cinco hijos en 2015 tras acusaciones de castigo corporal.
Lo que hace interesante el planteamiento es que no ofrece un villano evidente. La investigación examina el castigo físico, pero también la visión del mundo de los padres, un conjunto de creencias religiosas estrictas que chocan con las de la comunidad que los rodea. La película pone en escena a una sociedad progresista que protege a los niños y a una familia conservadora que reclama a los suyos, y le pide al espectador que sostenga ambas verdades a la vez. No es un recurso cómodo, y no creo que lo pretenda.
El proyecto tiene además una larga gestación: Mungiu concibió la película hace cerca de una década, cuando varios casos del Barnevernet empezaron a llamar la atención internacional, y siguió esos casos durante años antes de apoyarse en el de la familia Bodnariu. Esa distancia ayuda a explicar el tono. No es una película hecha en caliente sobre un escándalo, sino un material trabajado durante mucho tiempo, y se nota en que desconfía de las conclusiones rápidas.
EL DILEMA COMO MÉTODO
Mungiu lleva años construyendo su carrera sobre personajes atrapados entre sus principios y las reglas del lugar donde viven. Lo hizo en 4 meses, 3 semanas, 2 días, lo hizo en Graduation y en R.M.N., y su tema declarado aquí es el choque entre los valores de una persona y los de la sociedad donde quiere vivir. Fjord aplica esa idea a un terreno especialmente delicado, porque la discusión sobre cómo se cría a un hijo toca a casi cualquier espectador. Con 146 minutos de duración, la película se toma el tiempo de dejar que la tensión crezca desde lo cotidiano, y esa paciencia es parte del método: quien busca una resolución rápida o un veredicto claro no lo va a encontrar.

El reparto sostiene esa ambigüedad. Con Stan y Reinsve al frente, y con Lisa Carlehed, Lisa Loven Kongsli y Henrikke Lund-Olsen en papeles de apoyo, las actuaciones y el guion son lo que más se ha destacado de la película. Son dos intérpretes que no necesitan subrayar sus emociones para que se entienda lo que está en juego, y eso encaja con un director que prefiere observar a explicar.
Hay otro detalle del contexto que ayuda a ubicar el premio: el jurado de Cannes lo presidió Park Chan-wook, y Neon sumó con Fjord siete años consecutivos distribuyendo a la ganadora de la Palma de Oro. Entre los protagonistas, Reinsve tuvo además un año singular, porque también encabeza Backrooms, el éxito de terror de A24.
UNA PALMA QUE DIVIDE
La recepción es mayoritariamente favorable, con 90% en Rotten Tomatoes y 78 sobre 100 en Metacritic, y en Cannes recibió una larga ovación, además de otros premios paralelos como el de la crítica internacional FIPRESCI y el del Jurado Ecuménico. Aun así, hay voces que consideran que no merecía el máximo premio, y entiendo por qué: una película diseñada para mantener la ambigüedad también puede leerse como una película que evita comprometerse con lo que piensa. Dependiendo de cómo se mire, la neutralidad de Mungiu es rigor o es cálculo, y la película no ofrece suficientes pistas para resolver esa duda de una vez por todas.
También hay una paradoja comercial. Fjord costó unos 4.7 millones de euros y su recaudación, hasta ahora, ronda los 835 mil dólares, una cifra modesta que muestra el tamaño real del cine de autor frente a las películas que llenan las salas. Neon la estrenó en Estados Unidos el 9 de octubre, y Rumania la eligió como su candidata al Óscar a mejor película internacional.
La balanza se inclina a lo positivo. Es una película exigente, con dos actuaciones sólidas y un tema que no se agota en la sala, aunque no es de las que ofrece un consuelo ni una conclusión. Para quien disfruta del cine que deja preguntas abiertas, es un título para ver con tiempo y con ganas de discutirlo después. Para quien espera una postura firme del director, probablemente sea una experiencia más frustrante que reveladora.