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The Devil Wears Prada 2: Una secuela elegante que no profundiza en su tema

La secuela entrega el reencuentro que el público esperaba, pero deja a medias su mirada sobre la decadencia de la prensa.
Meryl Streep con lentes oscuros y Anne Hathaway con collar de perlas en The Devil Wears Prada 2 Meryl Streep con lentes oscuros y Anne Hathaway con collar de perlas en The Devil Wears Prada 2
Meryl Streep y Anne Hathaway en The Devil Wears Prada 2. 20th Century Studios

Veinte años después de que Miranda Priestly le dijera a medio mundo qué color tenía su suéter, The Devil Wears Prada 2 llegó a salas el 1 de mayo con la tarea de sostener una nostalgia que ya vale mucho dinero. Dirigida de nuevo por David Frankel y escrita por Aline Brosh McKenna, la secuela reúne a Meryl Streep, Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci, con Kenneth Branagh, Lucy Liu, Justin Theroux y B.J. Novak sumándose al elenco. Costó unos 100 millones de dólares, recaudó cerca de 693 millones en todo el mundo, abrió con casi 77 millones en Estados Unidos y obtuvo 78% en Rotten Tomatoes, 63 sobre 100 en Metacritic y una A- de CinemaScore. Mi lectura es que la película entiende perfectamente qué espera su público y se lo entrega, pero deja sin explorar el tema que ella misma pone sobre la mesa.

EL REENCUENTRO ES EL PRODUCTO

La razón del éxito es evidente desde el planteamiento. Veinte años después de la primera, Andy Sachs es ahora una periodista respetada que regresa a la revista Runway para ayudar a Miranda a adaptarse a un panorama mediático distinto, mientras la publicación enfrenta presiones corporativas. Es una premisa que permite reunir a todos sin mucha explicación: los personajes que el público quiere ver están de vuelta, en el mismo universo y con el mismo nivel de glamour que hizo célebre a la primera entrega.

Los números de apertura confirman que ese era el atractivo principal. Es una película pensada para un reencuentro, y funciona como tal. Quienes buscan reconocer los gestos, las frases y el vestuario van a encontrar lo que vinieron a buscar. Con 119 minutos de duración, la película mantiene una ligereza que facilita la visita, y eso explica por qué el público la calificó con una nota alta aun cuando la crítica fue más reservada.

Vale la pena notar la continuidad creativa: Frankel y McKenna regresan después de veinte años, lo que explica la sensación de familiaridad con la que la película retoma el tono y el humor. Es una ventaja evidente, porque el equipo conoce el material, pero también un riesgo: la secuela se parece tanto a la original en su manera de contar que se nota la ausencia de una mirada nueva sobre lo que ha cambiado en dos décadas.

UN TEMA CON MÁS PESO QUE EL TRATAMIENTO

El tema que la secuela elige es relevante: la decadencia de la prensa impresa. Los lectores se alejan de la edición en papel, y la revista se ve empujada hacia contenido en línea más rápido y más barato para retener anunciantes. Es un conflicto que toca de cerca a cualquiera que haya vivido de cerca el cambio de la industria de los medios, y que ofrece la posibilidad de una sátira afilada sobre un mundo que fue el tema de la primera película.

Ahí es donde aparecen las reservas. Las reseñas más críticas describen una película delgada o poco enfocada, con un comentario social suave e irregular. Coincido con esa lectura en lo esencial: el tema funciona más como ambiente que como conflicto, y la película parece más cómoda en los pasillos de la revista que en las consecuencias de lo que ocurre en ellos. Es una elección legítima para una comedia de lujo, pero deja la sensación de una oportunidad que se resolvió con elegancia en lugar de con riesgo.

Hay un cambio de fondo que la premisa deja ver. En la primera película, la tensión nacía de la distancia entre una asistente y su jefa, y el poder estaba clarísimo. Ahora Andy regresa como periodista respetada y no como subordinada, y la relación se mueve a un terreno de colegas con historia compartida. Eso reduce los riesgos personales que sostenían a la primera, y la película intenta compensarlo con amenazas corporativas más abstractas, un tipo de conflicto que pesa menos en pantalla que una confrontación cara a cara.

El elenco de apoyo también refleja la ambición de la película: Kenneth Branagh como Stuart Simmons, Lucy Liu como Sasha Barnes, Justin Theroux como Benji Barnes y B.J. Novak como Jay Ravitz se suman a los conocidos Emily Charlton y Nigel Kipling, interpretados por Blunt y Tucci. Son nombres de peso que le dan variedad a la película, aunque con 119 minutos no todos tienen espacio para dejar una marca propia.

EL REPARTO SOSTIENE LO QUE EL GUION SOLO ROZA

Si hay un punto de acuerdo entre las reseñas favorables y las críticas, es el trabajo de Streep, que sigue siendo el motor de la película, con Hathaway y Blunt también bien valoradas. Es un conjunto de intérpretes que ya conoce estos personajes, y esa familiaridad se traduce en una química que aligera incluso los momentos más delgados del guion. En una secuela de este tipo, tener actores que no necesitan presentación es una ventaja enorme, y la película la aprovecha sin esfuerzo.

Aun así, esa misma comodidad es lo que explica por qué no deja huella comparable con la original. Cuando el reparto hace la mayor parte del trabajo, el guion puede permitirse no insistir, y eso es lo que parece haber pasado. La secuela no necesita justificar su existencia ante el público que la espera, y el resultado se siente más como una visita agradable que como una película con algo nuevo que decir.

La balanza se inclina a lo positivo por un margen estrecho. Es entretenida, está bien filmada y funciona como reencuentro, pero su ambición temática se queda en la superficie. Para quien disfrutó de la primera, es una buena excusa para volver a ese mundo. Para quien esperaba que la secuela dijera algo más sobre cómo ha cambiado la prensa en veinte años, probablemente sea una promesa a medias.

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