The Boys se ganó un lugar entre las mejores series de su género y de su época, y nos dio algunos de los mejores villanos que ha visto la televisión. Su quinta y última temporada, ocho episodios que Prime Video estrenó el 8 de abril y cerró el 20 de mayo, cumple con las expectativas en muchos aspectos y se queda corta en otros. Después de años de seguir la serie con fidelidad, llego al final con sentimientos encontrados. Mi tesis es que Eric Kripke tuvo todo para escribir un desenlace propio y desperdició parte de ese margen, aunque el cierre de Homelander sí es lo que todos queríamos ver.
ADAPTAR LO QUE TODOS CONOCEN SIEMPRE SALE CARO
Adaptar una obra que ya existe y que todo mundo conoce está lleno de problemas, porque es casi imposible satisfacer a quienes quieren un final nuevo y a quienes quieren uno fiel al material original. Kripke eligió explorar su propio universo alterno sin perder la esencia del cómic, que mostraba a los superhumanos como monstruos con habilidades superiores. Esa decisión le funcionó durante cuatro temporadas, y por eso llegar a un final que no se aleja tanto del cómic pero que tuvo oportunidades de ser mejor resulta frustrante. Es un dilema que también aparece en Carrie, otra adaptación de una obra muy conocida.

OPORTUNIDADES DESPERDICIADAS Y UN UNIVERSO QUE SE QUEDÓ A MEDIAS
Lo que más me pesa es lo que se dejó en el camino. Hay episodios donde prácticamente no pasa nada, historias que se habían construido para conectar con los spin-offs en desarrollo quedaron arruinadas, y otras que parecían tener más relevancia en el desenlace se resolvieron sin ceremonia. Es lamentable ver una serie construida de manera tan inteligente carecer de espacio para un final propio, sobre todo cuando se sembraron subtramas complejas en otros productos del mismo universo. La sensación es que, a la hora de cerrar, algunas promesas simplemente se mandaron al carajo para no complicarse y acomodar todo en su lugar.
No todo es negativo, y mucho menos con el villano. A Kripke se le criticó el rumbo tan bizarro que tomó Homelander, porque por momentos parecía una copia satirizada y cómica de lo que vemos en la política real. A mí me parece una apuesta arriesgada que, al final, ayudó a disfrutar todavía más su desenlace. Antony Starr sostiene al personaje hasta el último minuto, y la serie cumple con lo que todos esperábamos de él.

UN VILLANO QUE EL PÚBLICO NO DEBÍA IDOLATRAR
Recuerdo una reflexión de Vince Gilligan sobre cómo los escritores necesitaban aprender a escribir mejores héroes y mejores villanos para que la audiencia no terminara idolatrando a estos últimos. Creo que algo así estaba pasando con Homelander, y que parte de la sátira de la temporada consiste en recordarnos que ese carisma es precisamente el problema. Por eso su cierre importa tanto: es la prueba de que la serie sabía lo que estaba haciendo con su personaje más popular, aunque no siempre supo qué hacer con todo lo demás.
Disfruté la serie y no me arrepiento de haber llegado hasta aquí, pero no puedo evitar sentir que pudo haber sido mejor. Eso sí, la reunión de Supernatural que nos regaló Kripke con el regreso de Jensen Ackles es de lo que más disfruté de la temporada, un guiño de cariño a su propia historia que se agradece. Si te interesan los finales y las expectativas de fans en otras series de peso, House of the Dragon vive algo parecido. La balanza se inclina a lo positivo por un margen estrecho: un final que cumple con su villano, pero que deja la impresión de que tenía más para dar.